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Chincha, siempre Chincha

elcarmen-chinchaEste es El Carmen que quiero ver

La vida es el momento y sus circunstancias. Fuimos a buscar a don Amador Ballumbrosio hasta El Carmen, en Chincha antes del terremoto que instaló la desolación al sur de Lima.

Esta crónica es un homenaje a los damnificados y un mensaje de esperanza, porque pese a todo, estamos seguros de que la alegría va a volver.

La vida es el momento y sus circunstancias. Ningún terremoto, ningún sismo hará que en el futuro el clásico “¡Vamos pa Chincha familia!”, pierda vigencia. Y Chincha es, claro está, El Carmen, una comunidad de gente morena con sabor a tradición. Antes de empezar a contar nuestro viaje con ritmo a cajón y zapateo, vale decir que hoy queda poco de ese distrito sencillo pero tremendamente hospitalario que conocimos. Horas después, cuando ya estábamos en Lima, esa zona también conoció de cerca la devastación y se estremeció con la furia de la naturaleza. Si hacemos este reportaje es también en el ánimo de que sus moradores vuelven a tener un techo donde vivir y a recuperar esa alegría que les notamos en esas sonrisas anchas y muy blancas con que nos recibieron pese a sus carencias económicas.

Ocurrió así...

El día que visitamos Chincha, la ciudad se despereza como siempre. Nada parece romper la rutina. El tráfico es lento, la gente camina de manera parsimoniosa, casi a paso de procesión. Se nota que nadie tiene apuro. Entre un cerro de humitas, kinkones y tejas, divisamos unos taxistas mulatos que vociferaban: “Al Carmen, al Carmen, a 15 soles primo”. Nuestra billetera prefirió tomar otra ruta, ir hasta el mercado. En aquel lugar, decidimos abordar un armatoste de cuatro llantas sin lunas el cual terminó siendo nuestra movilidad para llegar hasta el distrito de el Carmen. Dentro de aquella sardina motorizada conocimos a un veterano chofer que nos anticipó lo que venía. “En el Carmen están los azules, los chivillos, los bien negritos”, repetía y seguro se preguntaba, sin decirlo, “¿Y estos para que van para allá?”...

Pequeños niños se ganan el sencillo del día zapateando al ritmo de un viejo cajón. Y mientras seguimos avanzando hacia nuestro destino, nos percatamos que en cada esquina viejos jornaleros intentaban cubrir su mirada cansada valiéndose de extraños sombreros. Con tejas y king kong en mano, y guiados por unas cuantas referencias, llegamos a la casa de la familia Ballumbrosio donde fuimos atendidos por Maribel, hija de don Amador, quien disculpándose pidió que regresemos como a las cuatro de la tarde para poder conversar con el personaje que motivó nuestro viaje desde Lima.

Una anciana casi sin dientes reposaba afuera en una especie de banca que más parecía un bongó viejo. Ella, de nombre Alejandrina, nos presentó a su sobrino, Víctor Manuel, más conocido como “Cocoa”. El pequeño es la estrellita del barrio, la figura mediática de estas calles polvorientas pues ha paseado su chispa y sus bailes quimbosos en varios programas de televisión y ha hecho varias apariciones en comerciales. Tras fastidiarnos un poco, se ofrece a ser nuestro guía para “hacer hora” hasta la tarde.
Casas construidas de quincha y carrizo, que parecen que hubieran estado ahí desde siempre, gobiernan el paisaje. “Cocoa” admite sin reparos que en muchos sitios de El Carmen la gente come gato y que, por ello, “Primo, de en verdad, todos tienen sus trampitas en los techos”. Después nos enteramos de la forma en que preparan a los desdichados felinos: los dejan a secar en un cordel, los pican en cuadraditos y los preparan con ají panca para servir la carne con papa o yuca frita.

“Cocoa” no se cansa de saltar, de hacer bromas, hasta que se cruza con su tía Marita. Bastaron un par de comentarios y la vanidad femenina pudo más. Llegamos hasta su peluquería. Ahí la negra “Tata” mostró su habilidad y nos hizo dos trenzas. Después, el reloj biológico que todos llevamos dentro hizo sonar su alarma: es la hora de almorzar. El presupuesto apuntaba hacia una bolsa de chancays y una gaseosa personal que se volvería bipersonal pero “Tata” hizo una invitación que, por oportuna y cordial, no pudimos despreciar. “Se quedan a comer o me molesto”, dijo sin pestañear. Poco después nos sirvió un plato de coliflor en su tinta. La cuestión viene aquí. ¿Nos habrán dado gato por liebre?... Y es que el platillo estuvo acompañado de pedazos de carne que fueron extraños pero a la vez sabrosos para nuestro paladar. No se diga más, queremos pensar que era conejo.

“Recordar es volver a vivir”

Con grabadora en mano, nos dirigimos a la casa de los Ballumbrosio. Don Amador nos saluda desde su silla de ruedas. Se le nota alegre aunque es imposible no notar su cansancio. Basta escucharlo cinco minutos para quedar atrapados entre sus historias, sus chistes y las anécdotas que lo han acompañado a lo largo de su vida personal y artística.

“Champita”, como cariñosamente lo llaman en casa, es un ejemplo a seguir. A sus casi 74 años hace de cada día un testimonio vivo de lucha. Ni la parálisis que lo tiene postrado en una silla desde hace casi 6 años le quita las esperanzas de recuperarse. “La ilusión de poder volver a tocar mi violín es lo que me empuja a seguir”, comenta.

Hincha del “Muni” hasta la muerte, amante empedernido de la música y el arte, este negro sandunguero nacido en chacra e hijo de un yanacón amante del tango, habla lento pero no para. Los recuerdos fluyen, no se detienen.

Haber compartido escenario con Miki Gonzales lo llena de orgullo, tanto así como recordar que fue la mismísima Chabuca Granda quien, luego de oír el buen ritmo de sus interpretaciones, le aconsejó que, a pesar de ser albañil de oficio, nunca deje la música de lado. Y es así como hasta la fecha sigue siendo una leyenda viviente de la música afro peruana. Sus 15 hijos y 23 nietos siguen dando a conocer la música negra en el Perú y en muchas partes del mundo..

Después de 45 minutos de entrevista y motivados por el entusiasmo del momento, nos aventuramos a dejar nuestras huellas sobre el cajón. “No tocas mal, tienes oído para el cajón” dice don Amador y creemos que su comentario tuvo poco de ironía pero sí mucho de condescendencia.

Don Amador sabe que la vida es un préstamo sin fecha exacta de pago. No se hace problemas cuando él mismo plantea el tema del adiós final. “Me gustaría que me recuerden con sencillez y que a mi partida no lloren. Quiero que me despidan con alegría, con música, con zapateo y que tú, colorada, vuelvas a tocar el cajón un poquito mejor”, dice y ríe, ríe mucho. Se nota que pese a estar postrado en una silla de ruedas, la música es su vida, su acompañante fiel. Por eso el violín sigue ahí, cerquita, esperando nuevamente por él.

Hasta aquí el viaje y la experiencia que queríamos contar. Nos alegra que a pesar de los tristes acontecimientos del pasado 15 de agosto, don Amador y su familia mantengan su espíritu de lucha . Y es que la fuerza de la naturaleza habrá hecho que El Carmen ahora luzca destruido, pero su gente hace que este lugar se mantenga vivo y que pronto hará que vuelva a ser el de siempre.

Publicado en redaccionline.com

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